Guillermo Bañuelos

Ni la transmisión de decenas de millones de spots en radio y TV, ni los debates, ni  miles de declaraciones de los candidatos, ni todo junto ha sido útil para comunicar a los mexicanos qué proponen, para qué y cómo lo harán.

Sólo queda en el ambiente el hedor que emana de las acusaciones mutuas de corrupción.

Basura.

Este año se gastarán 28 mil millones de pesos en la preparación y el desarrollo del proceso electoral.

Se trata de las elecciones más costosas de la historia (en las de 2012 se gastaron 22.9 mmdp) y, según la víspera,  las más riesgosas.

Apenas antier, el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Luis Raúl González Pérez, lanzó un S.O.S. durante su informe de labores 2017 ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación al advertir que “México padece violencia en este proceso electoral en medio de un escenario polarizado, de crispación e incierto”.

Postuló que los procesos electorales deben ser ocasión para  encontrar vías de salida a los problemas que enfrentamos, “no rutas rumbo a callejones sin salida de violencia, intolerancia y división”y sentenció que “México no puede sucumbir en la coyuntura de ningún proceso electoral, mucho menos sumirse en la contemplación pasiva de la violencia y la impunidad“.

El escenario dibujado por González Pérez nos lleva a preguntar desde este 10 de mayo cómo amaneceremos el 2 de julio.

Los ánimos hervirán y la estabilidad del país penderá de un hilo.

¿Cómo reconciliar lo que parece irreconciliable? ¿Quién se hará cargo?

El país se polariza más cada minuto que transcurre y la consigna de los partidos y de sus adalides parece ser únicamente sembrar odio en los ciudadanos contra sus adversarios.

Con la propagación de noticias falsas, rumores, calumnias y todo tipo de golpes bajos,  tratan al auditorio nacional como idiota y esquivan la obligación de ser responsables y decentes en la construcción y difusión de su propaganda y sus promesas.

Los mexicanos encontramos en cada posicionamiento de los candidatos y sus partidos un aviso funesto: la política mexicana muestra en 2018 su nivel más bajo y ningún candidato merece confianza. Esos dicen de los otros, y pareciera que se condenan a sí mismo o a sus aliados.

Desde el lugar de la desesperación, algunos arrastran la competencia electoral hacia arenas peligrosas y no calculan las amenazas que ya se asoman.

Suponer que la competencia electoral actual es ‘una lucha de clases’ parece demente y no tiene otro afán aparente que generar pánico.

Por lo pronto, según la consultora especializada en riesgo y campañas electorales Etellekt, desde el 8 de septiembre del 2017 (inicio del proceso electoral), en diferentes estados han sido asesinadas 88 personas relacionadas con el tema electoral:21 pre candidatos, 15 ex alcaldes, 13 regidores, 12 militantes de partidos con distintos puestos, 10 alcaldes en funciones, siete dirigentes partidistas, cuatro candidatos, dos ex regidores, un diputado local, un síndico, un exsíndico y un ex diputado federal.

Serán 28 mil millones de pesos los que gastemos en el proceso. Es mucho dinero. Pero ante el peligro real de desestabilización financiera, social y política, tal costo parece ser lo de menos.

 

“… es  preocupante que la ciudadanía ‘normalice’ el horror, que denota un Estado de derecho débil con amplia tolerancia al incumplimiento o aplicación discrecional de la ley”(González Pérez, CNDH)